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REFLEJOS DE PASIÓN EN LOS MUNDOS PICTÓRICOS
DE MIGUEL GONZÁLEZ DE SAN ROMÁN

Casi desde los mismos inicios artísticos, hace de ello más de treinta años, que Miguel González de San Román ambiciona una tarea pictórica consecuente con sus propias ansias personales: estamos delante de un hombre que pinta con sinceridad a partir de lo que le dictan sus impulsos interiores. Impulsos sostenidos en el tiempo gracias a la coherencia de una capacidad intelectual y al control ejercido sobre su obra. Sin prisas ni aceleraciones; sin quemar etapas rápidamente. Sin otra meta que la excelencia por el buen hacer. Por eso mismo ha sabido labrarse este pintor vitoriano una trayectoria independiente; ha sabido marcar unos límites a su arte y ha sabido profundizar en la calidad de un trabajo con el que ha dado forma y sentido a todo un proyecto artístico. Definiendo una carrera profesional que acelera o ralentiza a su gusto. Sin más compromisos que hacer aquello que verdaderamente desea.

En su concepción más vivaz e instantánea, la pintura de González de San Román tiene por coordenadas los postulados propios de la vanguardia. Es decir; el artista, ante todo, se impone la libertad creadora. La posibilidad de reconstruir una realidad nueva con un modo de ver y de percibir las cosas de manera más profunda. Por eso, el vitalismo anima las composiciones del pintor. Con una intensidad de expresión; con una intencionalidad expresionista. Emerge estilísticamente un expresionismo abstracto donde el factor cromático y el trazo gestual se convierten en poderosas señas de identidad. Como esa idea moderna de entender la creación plástica como una suma infinita de posibilidades, como el inicio de una aventura sin límites.

Asumiendo retos, las obras de Miguel González de San Román tienden cada vez más hacia una mayor monumentalidad: hacia la expresión general de un tipo de arte que tanto le identifica en relación al empleo del color, a la utilización del espacio y a la preferencia de unos trazos y gestos que articulan una realidad visual no objetiva diseñada desde la pasión. Desnudas las cosas a su más pura sencillez, aparecen las composiciones oportunas, necesarias en el momento en que fueron pintadas, en el momento en que debían ser ejecutadas. Respondiendo así esta pintura instantánea y pasional a la inmediatez de ejecución. Simultaneando el pensamiento y la acción.

Ahora con nuevas exhibiciones públicas, con nuevas participaciones internacionales en su haber, deslumbra el pintor por continuar fiel a sus directrices personales. A la tarea apasionante de dejarse sorprender por las variaciones rítmicas, siempre renovadas, impuestas por una caligrafía pictórica abierta a las sugestiones, a la emoción, a la interpretación más subjetiva y real, apartando al espectador de toda anécdota. El arte como realidad intransferible. Como reflejo pasional, como estímulo de algo propio. Asistiendo el contemplador –o sea, todos nosotros- a una experiencia gozosa: la que transmite con la pintura y la nobleza de su oficio Miguel González de San Román.

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